Todas las artes aspiran a ser música
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Nunca pensé en la música como una posibilidad. Siempre supe que era inalcanzable y que mis dotes de filóloga consagrada jamás alcanzarían para entender la sublimidad de sus límites. Con el tiempo, comprendí que las otras artes aspiraban a ser música, no como deseo de parecerse a ella, sino como impulso secreto: aspiran a su vibración, a su respiración interna, a esa forma invisible de ordenar el tiempo y tocar el cuerpo sin pedir permiso.
La música no se limita al sonido. Es pulso antes de la palabra. Es ritmo antes del concepto. Es una arquitectura que no necesita muros y una danza que no siempre requiere movimiento visible. Tal vez por eso la pintura busca cadencia en el trazo, la literatura persigue una musicalidad que sostenga el sentido; la escena necesita tempo, silencios, crescendos; por eso, tal vez, incluso el pensamiento aspira a cierta armonía. En el fondo, toda forma artística anhela vibrar.
Este número monográfico de la revista de la Escuela de Artes de la Universidad Central se abre como una escucha amplia. No pretende definir la música, sino dejar que sus múltiples formas resuenen. Desde la tradición clásica, en que la partitura traza constelaciones sonoras que han atravesado siglos, hasta las músicas que nacen de la memoria popular y del mestizaje —como la salsa, con su llamado al cuerpo colectivo, su clave obstinada, su relato urbano y caribeño—; desde los cantos que guardan territorios hasta las sonoridades urbanas contemporáneas como el dancehall, en el que el beat electrónico pulsa como corazón amplificado y el cuerpo se convierte en superficie política y celebración.
Aquí no hay jerarquías. Hay frecuencias.
En esta edición dedicada fraternalmente al profesor Aliex Trujillo, quisimos hacer un recorrido por diferentes musicalidades que nos conforman y que nos permiten entender la vida desde la sublimidad de este punto incomprensible. Con este fin, el mismo profesor Trujillo nos abre las puertas al entrañable mundo del bolero, con sus aristas bohemias y sus noches de celebración. Asimismo, Sebastián G. Paredes nos acompaña en un recorrido que nos permite entender un poco más de la presencia musical de Yōko Ono, para pasar a “Dos ensayos breves sobre la música”, por Isabella María Donato, quien, con su prosa profunda nos conmueve y nos invita a conocer un poco más sobre tan inquietante tema. Terminamos este primer acápite con un ensayo sobre los sures profundos, a cargo de Regina Ascencio Ibáñez, y un emotivo ensayo de Paul Brito sobre “La balada del perseguidor”.
Posteriormente, en la sección sobre “Creación Artística y Literaria”, continuamos el homenaje al profesor Trujillo con una reseña de su hija, María José Trujillo Lemus, que da paso a la pieza “Movimiento perpetuo” de Jacobo Viveros Granja; a “La pregunta y el barco de papel” de Isabella María Donato Salas; y “Parranda y poesía, lo demás es capitalismo” de Ómar Peñaranda y Juan David Molina.
Finalmente, en la sección de “Recomendados”, cerramos con una conmovedora entrevista al bailarín, “Chami” Martínez, en la que nos habla del dancehall como redención y búsqueda, a cargo de Jennifer Trujillo y Juan David Molina.
La música clásica, con su disciplina formal y su herencia escrita, nos recuerda que el tiempo puede esculpirse con precisión casi matemática. Cada movimiento, cada variación, cada silencio contienen una promesa de tensión y resolución. En esta, la escucha es un acto de concentración y de memoria.
La salsa, en cambio, desborda el pentagrama. Es conversación rítmica, es cruce de historias migrantes, es barrio, es orquesta y es sudor compartido. Su estructura es también resistencia; su improvisación, una manera de narrar lo que no siempre encuentra lugar en los discursos oficiales. Allí la música no solo se oye: se baila, se habita, se comparte.
El dancehall y otras expresiones urbanas contemporáneas expanden aún más el campo de lo musical. En estas, la tecnología no enfría el pulso, lo multiplica. El beat repetido no empobrece la experiencia, la intensifica. La pista se convierte en territorio de afirmación identitaria, en espacio de invención corporal, en laboratorio estético donde sonido, moda, gesto y comunidad se entrelazan. Lo urbano no es solo un género: es una forma de enunciar el presente.
Entre estos extremos —y en los múltiples matices que los conectan— se despliega un mapa sonoro que atraviesa épocas, territorios y sensibilidades. Este monográfico reúne ensayos, investigaciones y propuestas creativas que exploran la música como práctica artística, como fenómeno social y como experiencia encarnada. Cada texto es una escucha distinta: algunos afinan el oído hacia la historia; otros, hacia la calle; otros, hacia el cuerpo; otros, hacia el silencio.
Pensar la música es también pensarnos. Nuestros procesos formativos están atravesados por el ritmo, aun cuando trabajamos con imágenes, palabras o movimientos. El actor necesita tempo; la bailarina, respiración; el escritor, cadencia; el artista visual, composición y repetición. Aspirar a ser música es aspirar a una intensidad que haga vibrar la materia y el pensamiento. Es buscar una forma en la que técnica y emoción no se excluyan, sino que se potencien.
En tiempos de saturación y ruido, la música sigue siendo una posibilidad de afinación. Nos obliga a escuchar, a ajustar nuestro pulso al del otro, a reconocer que toda creación es, en alguna medida, un acto de resonancia. Escuchar es aceptar que no estamos solos en el sonido.
Que este número sea, entonces, un espacio de eco y de encuentro. Un territorio donde lo clásico dialogue con lo popular, donde lo folclórico y lo urbano no se excluyan, sino que se reconozcan como expresiones de una misma necesidad humana: vibrar juntos.
Porque, en el fondo, todas las artes —cuando alcanzan su punto más alto— no quieren ser otra cosa que música.
Alejandra Flórez
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