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La primera vez que leí El perseguidor, de Julio Cortázar, no fui al baño a romper el espejo de un puñetazo, como lo hizo Juan Carlos Onetti, pero sí me levanté y aplaudí como en un concierto. Si para Cortázar este relato fue una bisagra en su escritura, para mí fue el antes y el después de mis lecturas. Al igual que el personaje principal de la historia (el saxofonista Johnny Carter, trasunto de Charlie Parker), yo también estaba obsesionado con el tiempo. Acababa de publicar una carta en el Magazín de El Espectador (la segunda cosa que publicaba en mi vida) en torno un debate que había por esos días sobre el cambio del milenio.

Paul Brito, Universidad Central

Ha publicado seis libros de literatura en géneros distintos, pero unidos por una idea a la que llama “teoría de la continuidad”. Los más recientes son La vida no es un ensayo (Luna Libros, 2022) y Restos orgánicos de un mundo anterior (Seix Barral, 2020). Toda su obra ha sido traducida al inglés por Jonathan Tittler, profesor emérito de la Universidad de Rutgers y traductor de obras como La velocidad del amor de Antonio Skármeta, Cóndores no entierran todos los días de Gustavo Álvarez Gardeazábal y Changó, el gran putas de Manuel Zapata Olivella, entre otros. Fue mención de honor en la beca de crónica viajera Michael Jacobs 2025 de la Fundación Gabo. Pronto saldrá publicado su libro Ser y continuidad, una ontología sistémica por la editorial de la Universidad del Valle. Actualmente es catedrático de la maestría en Creación Literaria de la Universidad Central.

Brito, P. (2026). La balada del perseguidor . Hojas Universitarias, (86), 74–79. Retrieved from https://revistas.ucentral.edu.co/index.php/hojasUniv/article/view/3563

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